Fondo pictórico

La colección permanente

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La jota navarra

Nº de inventario: 091


Tema: Escena con figuras
Técnica: Pintura sobre tela
Fecha: 1936
Medidas: 308 X 269 cm

DESCRIPCIÓN

El zaguán de la entrada a una  casa roncalesa idealizada. El punto de vista parte del interior al exterior, con varios planos diferenciados. El primero muestra el interior de un gran arco de piedra. En el lado derecho dos mozos roncaleses asisten al canto de la jota, colocados decorativamente uno de pie apoyado en la pared, con brazos y piernas cruzados, y la chaqueta colgada al hombro, con giro de cabeza a la derecha, dirigiendo el oído hacia el canto. Algo anterior a él, otro mozo se halla sentado en una silla, apoya el brazo izquierdo en su respaldo, mostrando la espalda y las piernas  extendidas hacia el medio de la escena. Ambos mozos visten el traje roncalés con sombrero, camisa, chaleco, pantalón, faja, calzas y alpargatas. En el lado contrario se han colocado junto a la pared un cántaro, una herrada y un zurrón. Un pato y una gallina se pasean cerca. De la pared cuelgan dos argollas con una brida de cuero (¿). El segundo plano comienza pasado el arco, al comienzo del pórtico que da a la calle y a mano derecha una hermosa muchacha, vestida con el colorista traje roncalés, entona una jota, con el brazo derecho en  jarras y el otro suspendido en el aire en actitud declamativa, con gracia femenina. A su izquierda –nuestra derecha-, detrás, un hombre grueso, maduro, se halla sentado en una silla baja, de paja, tocando la guitarra. Como tercer plano una larga mesa cubierta con mantel blanco que llega casi hasta el suelo. En ella varios objetos difícilmente identificables: una jarra de barro, carne sobre una tabla de picar, un kaiku de madera y varias hortalizas. Al otro lado de la mesa asisten al canto, por la derecha, sentadas o de pie, cuatro mujeres, dos con niños en brazos. Este plano se cierra con las columnas del pórtico de esta casa concebida como un marco escénico, adecuado al formato mural de este cuadro. Un cuarto plano muestra el pueblo con casas a ambos lados –enlucidas y encaladas a sus paredes- y árboles que orillan un prado central. Un quinto plano, finalmente, añade campos en pendiente al fondo y el monte, con el cielo en lo alto. Avanza la tarde y se extienden las sombras. Pintura de composición decorativa, que mide bien los términos y elige con gusto los motivos, adecuándolos en su tamaño a la distancia visual que exige un mural. Así, modela a planos valientes de color los dos primeros términos, aboceta el tercero y se contiene la línea en los restantes. Emplea con preferencia los ocres, que entona con amarillo y verde en primera instancia. En el paisaje en sí introduce verdes agrios dentro de la zona sombría, que va azulando y mezclando a ocres y rojos en la distancia. Bien dosificada la luz, que matiza con atención en el suelo embaldosado de la estancia.

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